REFLEXIONES HOSPITALARIAS

Esta entrada lleva en mi cabeza desde hace más de un mes. A finales de noviembre, mi padre estuvo ingresado por unos problemas respiratorios; una semana en el hospital. La verdad es que mi padre fue atendido muy bien, y los resultados se notaron casi de inmediato, así que no tuve que preocuparme por él en exceso.

Sin embargo, la planta en que lo ingresaron (Psicogeriatría y Cuidados Paliativos), hizo que para mí, a nivel personal, fuera una semana difícil y llena de reflexiones. Son algunas de esas reflexiones las que quiero compartir con ustedes hoy.

VEJEZ

En esta planta casi todos los ingresados eran personas de edad muy avanzada, con deterioros físicos considerables, y en muchos casos también con deterioros mentales. El señor que había la lado de mi padre tenía de los dos. Debido a esta combinación, cuando estaba sólo lo tenían que atar, porque sino se levantaba y se podía caer. Tenía un comportamiento muy obsesivo; si le daba por algo, podía estar repitiendo el proceso incansablemente durante horas. A pesar de todo era un hombre muy tranquilo. En la planta pude ver casos bastante más complicados, gente que gritaba pidiendo socorro durante todo el día, otros que llamaban a la enfermera constantemente.

Más doloroso fue ver la evolución de otro compañero de habitación. Había coincidido en urgencias el mismo día que mi padre, pero los pusieron en habitaciones distintas. Finalmente a él lo trasladaron a la de mi padre cuando marchó otro paciente. Pude ver, día a día, como iba desmejorando, comer menos, andar menos, hablar menos. Desgraciadamente es un camino que ya me es familiar. En susurros lo comentaba con mi padre, que ese hombre estaba muy mal. Con dos de sus hijas había entablado esa relación de compresión que suele haber entre acompañantes de pacientes, la compresión del que sabe por lo que estás pasando, porque lo está viviendo también en sus carnes. El último día de mi padre en el hospital fue el más duro en este caso. Era ya muy evidente que la cosa se iba agravando. Por la mañana llegó una de las hijas. Su padre no la reconoció, y la pobre no pudo contener el llanto, estaba claro que era la morfina, pero en ese momento se le caía el mundo encima. Me acerqué, no hay mucho consuelo que se pueda dar con palabras, pero lo intenté, eso y un apretón de brazo que intentaba trasmitir consuelo y fuerza. Llega la otra hermana, y en las palabras sueltas que llegaban quedó la cosa clara, la situación, y las decisiones duras que habían de tomar. Reconozco que me vi superado por la situación, tuve que salir un momento de la habitación a respirar, con los ojos que se me llenaban de lágrimas. Recuerdos que te llenan la cabeza, y sentimientos que conoces muy de cerca. Cuando ya habían hablado con su doctora, y momentos antes de irnos nosotros ya, mi despedida fue con un abrazo cariñoso, y de nuevo algunas palabras de consuelo.

En realidad, estas situaciones, y otras que viví estos días, son posiblemente un viaje al futuro. Me volveré a ver en esa situación, tarde o temprano, acompañando a mi padre. Y también, más que posible, me veré ocupando el puesto de la cama, aunque para bien o para mal, no parece que vaya a tener hijos preocupados por mí.

ÁNGELES

Durante toda esa semana, revoloteando alrededor, estaban los ángeles de batas blancas. Enfermeras y enfermeros, y sus auxiliares que, con menos medios, se desviven por hacer que la estancia de sus pacientes sea lo mejor posible.

Puede haber excepciones, pero normalmente esto es así. Y sinceramente, creo que hay que ser de una pasta especial para poder realizar estos trabajos. Ya de por sí, cualquier trabajo que tenga que ver con la salud de las personas, es un trabajo para el que no vale cualquiera. Más aún en una planta como la que ya he comentado. Enfrentarte cada día a la muerte, el sufrimiento y el deterioro de las personas, y no perder el ánimo, no debe de ser tarea fácil.

Esto lo comenté con una de las auxiliares. Ella me confesó que no es cosa fácil. Que los estudios no te preparan para lo que vas a encontrarte después. Me explicó que el primer día que un paciente falleció durante su turno, llegó llorando a casa. Pero que según pasa el tiempo no puedes evitar endurecerte un poco. Yo añado más, es un endurecimiento necesario, una defensa, para poder seguir adelante sin que se te amargue la vida, pero nunca hay que permitir que el endurecimiento acabe por quitarte humanidad.

Con gesto más serio o más sonriente, con palabras más bruscas o más cariñosas, pero siempre con prisa y eficacia, los ángeles blancos vuelan por la planta atendiendo y confortando.

RECORTES

El hospital General de Hospitalet y mi familia somos viejos conocidos. Casi recién inaugurado lo visité yo, recién atropellado por un SEAT 1500, por mi mala cabeza al cruzar, con las prisas infantiles, una calle sin mirar bien.
Aquí nos despedimos, va a hacer ya cinco años, de mi madre. Aquí he estado con mi padre, varias veces desde entonces.

Quiero decir con todo esto que lo conozco, que lo he visto evolucionar. Hace unos cinco años se hablaba de que había que ampliarlo, que se quedaba pequeño. Y llegó la “crisis”, y nada volvió a ser igual. Varias veces he oído hablar de que lo cerraban. La apertura de otro hospital cercano (cercano por decir algo…), ha estado a punto de ser la puntilla definitiva, pero por ahora aguanta, bajo mínimos, pero aguanta.

Y se nota, se nota mucho. Ya de salida lo que es el ala más antigua del hospital está casi totalmente cerrada, sólo se usa en maternidad y para consultas y pruebas. La hospitalización se hace sólo en la parte nueva.

En urgencias se nota un poco, se ve menos personal, pero como se multiplican, sólo lo notas si el servicio está muy saturado.

En planta ya es otra cosa. Recuerdo que una cosa que marcaba el horario de los hospitales es lo pronto que se servían las comidas. Ahora, llegar, llegan pronto, pero se tiran muchísimo rato en el carro de bandejas, esperando a que el personal de la planta las pueda repartir. Y es que hay menos personal y los mismos pacientes, que necesitan la misma atención. Y no dan abasto. Para cuando han acabado una ronda de tomar constantes y dar medicación, ya casi les toca empezar la siguiente.

Una doctora nos habló del tema en términos económicos, como si se tratara de una fábrica que produjera algo. El algo es la salud, eso es por lo que les pagan, por dar de alta a pacientes. Y como cada vez hay menos recursos, se recorta en personal, al haber menos personal la atención se deteriora, y eso hace que las estancias se alarguen o se repitan, y la pescadilla se va mordiendo la cola.

En lo que no estábamos de acuerdo esta doctora y yo era en la solución. Estábamos de acuerdo en que la solución estaba en los ciudadanos, pero ella aún pensaba que se podía arreglar con las urnas. Lo que pasa es que yo, y seguro que ella también, recuerdo que los recortes ya empezaron con otro color político en el poder. También decía la doctora que hemos de quejarnos, y en eso le doy la razón, pero de eso hablo en la última parte de esta larga entrada.

FAMILIARES

Muchos o pocos, padres, hijos, nietos, todo estamos allí, al lado de los nuestros, angustiados por su salud, preocupados por el trato que reciban. Cada uno lo demostramos a nuestra manera, los hay más pacientes y más alterados, con palabras amables o con voces destempladas.

Cuesta valorar lo que está bien y lo que está mal en estos casos. Hay que comprender a las personas, y su preocupación. Esa preocupación, sumada al cansancio, puede hacer desaparecer la paciencia, y al final la rabia estalla con quien menos culpa tiene.

Nos quejamos, reclamamos, exigimos, con razón a veces, sin razón otras, y con mala educación muchas. Incluso cuando nuestras quejas tienen motivos, las dirigimos donde no tocan. Como he dicho antes, el personal hospitalario ya está de por sí muy saturado, para que encima le tiremos toda la caballería por tal o cual cosa. Hay que quejarse, sí, sin duda alguna, pero donde toca. La mayoría de los hospitales tienen un despacho de atención al paciente, y en todo caso seguro que todos tienen dirección. Pues ahí es donde hay que formalizar las quejas.

Y sobre todo, igual que somos de lengua rápida para la queja, bien está ser agradecido, dar las gracias por las atenciones recibidas, durante la estancia, o al menos cuando ya nos vamos. Que el personal sepa que también hay personas satisfechas por su trabajo.

Por cierto, y ya que hablo de familiares y acompañantes, antiguamente el tema de dos acompañantes máximo por paciente era muy estricto, tanto que había dos pases, y las visitas se tenían que ir turnando. Ahora esto ha desaparecido, y también el sentido común… Las visitas no parecen entender que están en una habitación compartida, y pequeña, donde hay al menos otro paciente que posiblemente no tiene muchas ganas de jaleo. Pues no, hay habitaciones que parecen las ramblas, o el mercado. Risas y voces en grito hasta altas horas de la noche. Nos dan la mano y nos tomamos el brazo. En esta semana que comento incluso tuve que hablar un día con un familiar, porque la conversación que estaba teniendo con otro era, desde mi punto de vista, muy poco apropiada para que la oyera un paciente.

Y es que, nos cuesta tanto ponernos en el lugar de los demás…

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