Islandeses

El sábado pasado, estuve en la plaza Catalunya para oír a dos islandeses, Gunnar Sigurdsson (Fundador del Foro Abierto Cívico de Islandia) y Gudmundur Andri Skulasson (Asociación de Islandia de deudores contra bancos).

Al margen de los problemas de traducción (los traductores hicieron lo posible, pero era complicado), decir, lo que se dice decir, dijeron poco. Mensajes muy generalistas de ánimo y de apoyo, y explicación muy por encima de lo que fue el movimiento que inició los cambios en Islandia.

La rueda de preguntas no aportó mucho más; la mayoría de la gente hacía preguntas que eran más opiniones que preguntas, otros intentaban arrimar el ascua a su sardina, y un par de preguntas fueron interesantes.

Y es ahí, en las preguntas, donde quedaron claras algunas cosas, las cosas en las que nuestra “revolución” se diferencia de la revolución, de Islandia.

Para empezar una básica: ellos no acampaban en las plazas. En Islandia, cada sábado se reunían a las tres de la tarde, se reunían delante de Parlamento, para decirle a sus representantes lo que pensaban.

Al igual que en España, en Islandia había grupos muy diversos, con intereses muy diversos. Pero buscaron algo en común, cuatro cosas en las que todos estaban de acuerdo que querían cambiar, y se concentraron el ellas. Para ellos fueron:

  1. Cambio de la Constitución
  2. Los banqueros debían ser encarcelados
  3. Empleo para todos
  4. La educación y la sanidad debían seguir sin recortes.

La verdad es que no me parecen unos puntos de partida malos. Durante su charla quedaron claras más cosas. Ellos confían en sus medios de comunicación, y también en sus sistema judicial. Me falta más información para entender aún más lo que paso en Islandia, y es ver su Constitución y legislación.

Y sin embargo, ya tengo claras muchas diferencias con lo que se está haciendo en España. La primera es evidente, las acampadas. Ya he dicho antes que las acampadas me parecían un buen símbolo antes de las elecciones municipales, pero que una vez pasadas dejaron de tener sentido. Todo el trabajo que se estaba haciendo allí, se puede hacer en otros sitios. Las acampadas tienen muchos puntos en contra:

1. Consume un montón de tiempo y recursos para mantenerlas.

2. Poco a poco van generando una mala imagen en el resto de la ciudadanía, avivado, por supuesto, por los medios de comunicación.

3. Son un blanco claro de dónde hay que atacar (política y policialmente)

4. Dentro de la acampada se va dispersando lo que se busca de salida, a base de ir añadiendo más y más cosas que la gente quiere tener, o sea tejas antes de cimientos.

Ahora parece que el sentido común ha imperado, y se levantan los campamentos de las dos ciudades principales, Madrid y Barcelona; podemos suponer que el resto les seguirán. Lo que se debería hacer es lo mismo que en Islandia. Mantener las reuniones semanales. ¿ Y por qué semanales? Porque la gente, la mayoría de la gente, no puede estar cada día de asamblea, pero una vez a la semana quizás si.

Más diferencias.  No confiamos en nuestra justicia, y lo hacemos con razón. Si quisiéramos a nuestros especuladores encerrados, para empezar deberían aceptar el caso. Después, el proceso podría tardar años, y luego las sentencias serían recurridas hasta llegar al Supremo. ¿Y ya sabemos quién elije a los jueces del Supremo, verdad? Con lo cual ya sabemos en qué terminaría todo.

Lo mismo pasa con nuestros medios de comunicación: cada medio tienen intereses políticos y económicos que marcan sus lineas editoriales. Está claro también qué explicarán. Ejemplo: ayer se hablaba en el TN que se había votado levantar la acampada de Barcelona, ¿imagen? Tres chicos sentados bebiendo una litrona y un latero vendiendo latas al lado. ¿No había nada mejor?

Pero sobre todo, sobre todo, la mayor diferencia es que no sabemos lo que queremos, o mejor dicho, queremos muchas cosas, pero no sabemos cuáles son las importantes, las que deberían ir primero. Y tampoco sabemos cuáles son posibles, ni qué estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlas.

Y tampoco parece que seamos conscientes de que la mayoría de la sociedad de este país, sigue tranquilamente sus vidas, fijándose, ya algo aburridos, en lo que dicen las noticias de todo esto, y dispuestos a votar a su partido de toda la vida cada cuatro años, sin importarle lo más mínimo lo que haya hecho durante los cuatro anteriores.

Y mientras no tengamos claro todo eso, nos queda una larga travesía aún.

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